miércoles, 17 de agosto de 2016

LXXXI

Pavle S. tiene todo lo que un joven muchacho podría desear,
su pelo es rubio y le cae sobre los hombros con gracia,
la media barba esconde el hecho de que aún es un niño,
tiene esas nobles plumas de ardilla que tanto gustan,
tiene el tacto de una morera bajo los párpados, y lo siente, y lo quiere,
su pecho guarda la fruta, y tiene acceso a la piel y al pan.

Pero Pavle es tremendamente infeliz,
a su alrededor el mundo le culpa por cosas que no ha hecho,
en la escuela le explicaron que su cuerpo era un arma cargada,
y el juego de la culpabilidad y de la duda han hecho mella en sus sueños,
Pavle, sólo es un chaval, no puede acceder a su consciencia sin anularse,
las miradas en la calle, y el recelo de sus amistades lo llevan al abismo paso a paso.

Cada vez irá perdiendo más y más la capacidad de ser alguien,
porque lo que él debe ser por naturaleza no tiene cabida hoy,
y la sociedad, ciega, enloquecida, irreconocible ya, aplaudirá a su muerte:
"al menos ese ya no le hará daño a nadie".

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